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Inmigración

Salón comedor del hotel de inmigrantes
"Dejaron su vida, sus familiares,
sus amigos y todo aquello que habían amado, para buscar otros rumbos.
Llegaron a nuestras playas y aquí rehicieron sus vidas, formaron sus
hogares y dieron hijos a nuestra tierra. Vivieron los más, triunfaron y
otros fracasaron, pero todos sin excepción fueron parte de la historia de
nuestro país".
"Decálogo
para los inmigrantes que viajaban a la Argentina".
Manual del
inmigrante,
difundido por las compañías de inmigración en Italia en 1902.
1-
Cuando una banda toca el Himno Nacional, todos los presentes se descubren la cabeza en señal de reverencia.
2- A cualquier mujer, sea una dama o una lavandera, se le dice
habitualmente "señora". Llamar a una "donna" del pueblo
"mujer", no suena bien, ya que equivale
a decir "hembra".
3- Para llamar a la gente
en la entrada de la casa, no se golpea ni se grita; se baten las palmas de las manos.
4- para llamar a un carruaje o para avisar desde lejos al conductor de un
tranvía para que pare, no se dice "pss, pss, pss, sino "psiiió,
psiiió".
5- En los cafés hay siempre un lugar especial para las señoras. Son
admitidos sólo los hombres que las acompañan.
6- En un café o en un restaurant se llama al camarero batiendo las palmas dos
veces y agregando inmediantamente la llamada de "mozo". No se golpea
sobre la mesa el vaso.
7- En la platea de los teatros y cines, no está permitido, ni siquiera a las
mujeres, llevar el sombrero puesto, ya que se impediría a los otros ver la escena.
8- No se fuma ni en los tranvías. El aviso "Esta prohibido
salivar", significa
"vetato sputare"...
9- Por la calle no se camina fuera de la vereda; de hacerlo, recibiría el
calificativo de "atorrante", que equivale a "mendigo".
La
formación de la Argentina está en muchos aspectos ligada al ingreso
masivo de la inmigración europea que se produjo desde mediados del
siglo pasado hasta la mitad del presente. Esto no quiere decir que haya
sido una situación permanente sino que sufrió muchos altibajos debido
a la coyuntura internacional más que a la propia capacidad como país
para recepcionar población.
El
apogeo de la
inmigración se dio entre 1895 y 1914, fue el período en
que la inmigración se relacionaba directamente con la colonización y
cuando ello no fue posible, con las tareas agrícolas.
Este
fue un período de grandes movimientos migratorios tanto de entrada como
de salida porque muchos de los italianos y españoles venían como
inmigrantes golondrinas; hacían la cosecha aquí
y también en sus países. El bajo costo de los transportes y los
buenos salarios que percibían en el campo argentino les permitía este
tipo de vida obteniendo grandes beneficios. Pero comenzó la mecanización
de la producción rural y los transportes se encarecieron, la diferencia
de salarios ya no era tan significativos y los retornos fueron del orden
del 30 %.
Los
buques que desembarcaban inmigrantes en el
puerto
de Buenos Aires, aparte de la tercera clase, disponían también de una
confortable segunda los
inmigrantes
eran definidos por la ley argentina como aquellos que llegaban en
segunda o tercera clase y una lujosa primera clase. En la tercera
viajaban la mayoría de los inmigrantes; la segunda en cambio tenía
características menos definidas, inmigrantes que habían hecho fortuna
y se podían permitir un viaje más cómodo, pequeños comerciantes, y
el clero.
A éstos deben agregarse los médicos de a bordo, los oficiales, los
sacerdotes. Durante el viaje, los pasajeros de primera y de segunda son
preservados rigurosamente de las incursiones de los de tercera, mientras
que a ellos les está permitido, y con poco riesgo, irrumpir en el otro
territorio. Las diferencias sociales se hacían evidentes desde el
momento del embarque en los buques.
El contraste entre la elegancia de
los pasajeros de primera clase, los guardapolvos, las sombrereras, junto
a un perrito, que atravesaban la multitud de miserables: rostros y ropas
de todas partes de Italia, robustos trabajadores de ojos tristes, viejos
andrajosos y sucios, mujeres embarazadas, muchachas alegres, muchachones
achispados, villanos en mangas de camisa.(...) Como la mayor parte habían
pasado una o dos noches al aire libre, amontonados
como perros en las calles de Génova, no podían tenerse en pie,
postrados por el sueño y el cansancio. Obreros, campesinos, mujeres con
niños de pecho, chicuelos que tenían todavía sobre el pecho, la chapa
de metal del asilo donde habían transcurrido su infancia, (...) sacos y
valijas de todas clases en la mano o sobre la cabeza; Fardos de mantas y
colchones a la espalda y apretado entre los labios el billete con el número
de su litera(...) Dos horas hacía que comenzara el embarque, y el
inmenso buque siempre inmóvil (... Pasaban
los
inmigrantes delante de una mesilla, junto a la cual permanecía
sentado el sobrecargo, que reuniéndolos en grupos de seis, llamados
ranchos, apuntaba sus nombres en una hoja impresa (...) para que con
ella en la mano, a las horas señaladas, fuera a buscar la comida a la
cocina.
¿Por qué venían los inmigrantes?
Por qué millones
de personas desde principios del siglo XIX emigraron masivamente, dejando
sus países de origen para establecerse en tierras lejanas?.
¿Cómo se combinaron los factores estructurales -es
decir, las condiciones de los países de origen y de destino- con las
estrategias de los propios migrantes, es decir cómo decidían emigrar en
función de sus proyectos, de la información de la cual disponían y de sus
relaciones sociales primarias: amigos, parientes, paisanos?. En primer
término, las circunstancias internacionales durante ese período hicieron
posible la emigración de europeos hacia América. Los rasgos particulares que
tuvo la "gran emigración" fueron en cierta medida la continuación de una
movilidad geográfica anterior, dentro de Europa, pero que presentó
características que la convirtieron en un fenómeno diferente, por la
masividad del fenómeno, y por la preeminencia de destinos más allá de los
océanos.
A continuación, las condiciones en la Argentina a
partir de 1880: la pacificación política, el crecimiento de la economía, y
las transformaciones de la estructura institucional del país impulsadas por
el gobierno de Roca. Por último, si bien existió, desde mediados del siglo
XIX, un contexto internacional y nacional que favoreció el proceso
migratorio de masas, los inmigrantes no respondieron mecánicamente a los
estímulos externos; tomaron la decisión de expatriarse después de evaluar la
información de que disponían, eligiendo determinados destinos en vez de
otros, y resolviendo cuáles miembros del grupo familiar emigrarían y cuáles
permanecerían en el país de origen.
Desde esta perspectiva, fueron diversas las vías por
las cuales los emigrantes potenciales obtenían noticias de las posibilidades
que ofrecían los eventuales países de destino, y opciones concretas a partir
de las cuales tomar sus decisiones. Por un lado, la información
proporcionada por agentes del gobierno, de las compañías de colonización o
de las compañías de navegación, y de aquella que los emigrantes obtenían a
través de sus relaciones con parientes, amigos y vecinos. Por otro, de las
propias redes utilizadas por los migrantes en función de objetivos prácticos
como la obtención de trabajo y alojamiento.
Asimismo, las motivaciones que empujaron a abandonar la
patria, incluso en el cuadro predominante de la pobreza y de la ausencia de
ofertas satisfactorias, podían ser varias: el deseo de mejorar las propias
experiencias profesionales; la búsqueda de ahorros para impedir la
proletarización del grupo familiar en el pueblo de origen; o el malestar por
una marginalidad social o política sin perspectiva de adecuadas salidas
locales, en comparación con ocasiones más apetecibles en otros lugares y
demasiado a menudo largamente ensalzadas.
¿Cuales fueron los países desde los
cuales partieron más emigrantes?
Ello fue variando con el tiempo. Durante la mayor parte del siglo XIX, los
mayores contingentes de emigrantes salieron de Europa Nord-occidental, con
las Islas Británicas -incluyendo a Irlanda- a la cabeza, seguida por
Alemania (más correctamente los estados que constituirán en futuro imperio
alemán) y en tercer lugar por los países escandinavos.
Durante los primeros decenios del siglo XIX, la emigración del noroeste
europeo se dirigió a América del Norte, lo que ayudó a consolidar el origen
anglosajón ya instalado en aquellas tierras del nuevo mundo. Los flujos
menos intensos, procedentes de España, Italia, Portugal y, en menor medida,
de Polonia y Rusia (que tomó importancia luego de que Estados Unidos cerrara
la inmigración a estos grupos en 1921) se concentraron en América Latina,
manteniéndose una característica diferenciación en la población de las dos
áreas americanas.
Desde la segunda mitad del siglo XIX los principales países de emigración
fueron los de Europa del Sud - Italia y España- y de Europa centro-oriental,
zonas que adquirieron una neta predominancia en los movimientos
transoceánicos, incluidos aquellos hacia Norteamérica.
Los países que, como los Estados Unidos, recibieron inmigrantes desde
comienzos del siglo XIX, fueron el destino privilegiado de la "vieja
emigración" de Europa del Norte; aquellos que, como la Argentina, abrieron
más tardíamente las puertas a la inmigración, recibieron en cambio
mayoritariamente a europeos del Sud y del Este. Durante la primera fase, de
la "old inmigration" , la que se dirigió a Norteamérica y Australia, los
factores de expulsión parecen predominar sobre los factores de atracción,
aún en su estrecha interdependencia recíproca. Los componentes cualitativos,
el papel de guía de los primeros inmigrantes, y las políticas gubernativas,
ejercieron una función determinante en la orientación de los flujos
migratorios.
En la segunda mitad del siglo XIX maduran las condiciones para la entrada de
otros países europeos que hasta el momento habían permanecido al margen del
fenómeno migratorio. La consolidación de las economías americanas, en
particular de la estadounidense, tras la guerra de secesión (1861-1865), y
la revolución en los transportes marítimos, favorecen un éxodo desde Europa
de proporciones gigantescas. La producción industrial del mundo aumenta
siete veces en este período, permitiendo una fuerte acumulación de capital y
la progresiva conformación de un mercado mundial.
Los economistas del siglo XIX, a diferencia de los del siglo precedente, que
consideraban negativamente los procesos migratorios, los ven ahora de modo
positivo, como instrumento para descargar las poblaciones excedentes y las
tensiones sociales en otros territorios, así como para crear nuevos
mercados. Se suelen considerar predominantes en esta fase los factores de
atracción para la formación de un verdadero mercado internacional del
trabajo. También Argentina y el Brasil adoptarán, a partir de los años
ochenta, políticas gubernativas e incentivos dirigidos a atraer trabajadores
europeos para el desarrollo de sectores enteros de su economía. Durante los
últimos veinte años del siglo, los dos países latinoamericanos, logran
absorber más de un quinto de toda la corriente migratoria europea.
Parte del excedente de población emigró dentro de Europa: en algunos casos
se trataba de movimientos migratorios entre regiones de un mismo estado
nacional, en otros de emigración hacia otros países europeos. Francia, por
ejemplo, fue un país desde el cual se emigró muy poco, ya que el crecimiento
de su población a lo largo del siglo XIX fue el más bajo de Europa. Fue en
cambio un país de inmigración.
El
viaje de los emigrantes
Para los emigrantes el viaje comenzaba en el momento en que partían de su
pueblo natal para dirigirse a los puertos. La partida solía ser un
acontecimiento colectivo, en el que eran protagonistas grupos de parientes y
paisanos que se dirigían al exterior de acuerdo a un itinerario prefijado.
Desde mediados del siglo XIX el medio de transporte hacia los puertos fue el
ferrocarril, y los barcos a vela fueron siendo reemplazados por los vapores.
El extraordinario impulso que la navegación transoceánica recibió durante
toda la segunda mitad del siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial fue el
vehículo, no sólo técnico - material sino también económico de la gran
emigración europea hacia el Nuevo Mundo. Los progresos en la navegación
contribuyeron a la integración del mercado mundial uniendo a mercados muy
distantes entre sí, alimentando el flujo creciente de personas y mercaderías
a medida que decrecían los costos de transporte. La revolución de los
transportes marítimos provocó una reducción sostenida de los costos de los
pasajes: en 1885 el precio del pasaje entre Nueva York y Hamburgo era de 8
dólares, y esta suma era a menudo inferior a la que debían pagar los
emigrantes por el transporte a los puertos atlánticos. Bajos costos y
rapidez de los viajes transoceánicos permitieron ampliar el área de
reclutamiento de los emigrantes agregando a las tradicionales regiones de
emigración Europa del Norte, las zonas de Europa oriental y mediterránea.
También hicieron posible, sobre todo a comienzos de este siglo, una nueva
forma de emigración, la emigración pendular o golondrina, una emigración
temporaria pero con destinos transoceánicos.
Los emigrantes se dirigían a los distintos puertos según la cercanía
respecto a sus lugares de origen y a las facilidades que las distintas
compañías ofrecían. Partían mayoritariamente de Génova, Trieste, Nápoles, El
Havre, Burdeos, Hamburgo, puertos españoles.
La emigración masiva fue un negocio muy lucrativo para las compañías de
navegación. Los armadores lograron obtener bajos costos de transporte
reduciendo la tripulación, sirviendo comida de escasa calidad, ofreciendo a
los emigrantes espacios reducidos y precarias condiciones de higiene a
bordo. Los testimonios de los protagonistas y de los médicos y funcionarios
destinados al control sanitario ofrecen una imagen dramática del viaje,
acechado por enfermedades e incomodidades.
Las precarias condiciones de las naves llevaron a las autoridades de los
diversos países a regular los aspectos sanitarios del viaje, concentrando su
atención en los requisitos que debían cumplir las naves, para evitar la
aparición y difusión de enfermedades infecciosas. La voluntad de los
gobiernos por garantizar buenas condiciones sanitarias contrastaba con los
intereses de las compañías de navegación. Para las compañías, el objetivo
era el de embarcar el mayor número de pasajeros, sin respetar las
disposiciones legales. El viaje se transformaba para los emigrantes en una
pesadilla de gentío, de malos olores, de exceso de frío o de calor, según
las estaciones, y más en general de intolerable promiscuidad.
A medida que los gobiernos fueron regulando las condiciones del viaje, estas
comenzaron a mejorar. Parte de las características que describiremos en los
párrafos que siguen corresponden al período previo a la primera década del
siglo XX, etapa en la que el viaje consistía en una experiencia de rasgos
fuertemente negativos. De todos modos, las condiciones variaban tambíen
entre las distintas compañías de navegación. Los buques que desembarcaban
emigrantes en el puerto de Buenos Aires, aparte de la tercera clase,
disponían también de una confortable segunda -los inmigrantes eran definidos
por la ley argentina como aquellos que llegaban en segunda o tercera clase-
y una lujosa primera clase. En la tercera viajan la mayoría de los
emigrantes; la segunda en cambio tiene características menos definidas,
emigrantes que han hecho fortuna y se pueden permitir un viaje más cómodo,
pequeños comerciantes, y el clero. En la primera están los ricos argentinos
de regreso, y luego franceses, españoles, brasileños. A éstos deben
agregarse los médicos de a bordo, los oficiales, los sacerdotes. Siguen el
mismo itinerario pero constituyen trayectorias paralelas, divididas entre sí
por un abismo social. Durante el viaje, los pasajeros de primera y de
segunda son preservados rigurosamente de las incursiones de los de tercera,
mientras que a ellos les está permitido, y con poco riesgo, irrumpir en el
otro territorio.
Las diferencias sociales se hacen evidentes desde el momento del embarque en
los buques. Edmundo De Amicis ha dejado un dramático testimonio de ello en
su libro Sull'Oceano. Dice De Amicis: "El contraste entre la elegancia de
los pasajeros de primera clase, los guardapolvos, las sombrereras, junto a
un perrito, que atravesaban la multitud de miserables: rostros y ropas de
todas partes de Italia, robustos trabajadores de ojos tristes, viejos
andrajosos y sucios, mujeres embarazadas, muchachas alegres, muchachones
achispados, villanos en mangas de camisa.(...) Como la mayor parte habían
pasado una o dos noches al aire libre, amontonados como perros en las calles
de Génova, no podían tenerse en pie, postrados por el sueño y el cansancio.
Obreros, campesinos, mujeres con niños de pecho, chicuelos que tenían
todavía sobre el pecho, la chapa de metal del asilo donde habían
transcurrido su infancia, (...)sacos y valijas de todas clases en la mano o
sobre la cabeza; Fardos de mantas y colchones a la espalda y apretado entre
los labios el billete con el número de su litera(... Dos horas hacía que
comenzara el embarque, y el inmenso buque siempre inmóvil (... Pasaban los
emigrantes delante de una mesilla, junto a la cual permanecía sentado el
sobrecargo, que reuniéndolos en grupos de seis, llamados ranchos, apuntaba
sus nombres en una hoja impresa (...) para que con ella en la mano, a las
horas señaladas, fuera a buscar la comida a la cocina.
Hotel
de Inmigrantes
Mientras
se llevaban a cabo las obras, los inmigrantes comían y dormían en lo
que había sido el panorama de Retiro, conocido como la
"Rotonda", a pocas cuadras de la nueva edificación, que
funcionó entre 1887 y 1911. La construcción del gran Hotel comenzó en
1905 y la obra estuvo a cargo de los arquitectos Udina y Mosca.
Inaugurado en 1911 contaba con cuatro pisos,
la
construcción se llevó a cabo siguiendo el orden que la necesidad
demandaba En primer lugar el desembarcadero, luego la oficina de
trabajo, la dirección, el hospital, y por último el hotel. En la
planta baja funcionaba la cocina, la panadería y el comedor que atendía
hasta 1000 personas por turno.
En
el primero, segundo y tercer piso se situaban los dormitorios. Además
se ofrecían otros servicios como oficina de trabajo, sede del Banco
Nación, correo y de salud en el Hospital Nacional del Inmigrante.
Los
inmigrantes arribaban al
apostadero
naval
ahí
se realizaba el abordaje de una junta de visita a cada barco que
llegaba, a fin de constatar la documentación exigida a los inmigrantes,
de acuerdo a las normas, y permitir o no su desembarco. El control
sanitario también se realizaba a bordo, por un médico asignado a ese
fin. La legislación prohibía el ingreso de inmigrantes afectados de
enfermedades contagiosas, inválidos, dementes o sexagenarios.
De
esta forma, los inmigrantes, una vez desembarcados, se iban caminando
hasta el h otel, donde eran alojados.
El
alojamiento, gratuito, era por cinco días. No obstante, la reglamentación
se extendía en los casos que hiciera falta, el tiempo necesario para su
colocación.
Poco
a poco se van ubicando, en la ciudad que los recibe. Se hacen oír y sus
costumbres comienzan a incidir sobre las de la nueva tierra :
la comida,
los giros idiomáticos, la habilidad manual, sus pasatiempos.
Han
venido a “hacer la América”. No solo buscarán progresar sino
enriquecerse atraídos por la leyenda. En 1870 han salido de Italia más
de 26 millones y de ellos unos 12 millones llegaron al continente
americano. Si bien es cierto en nuestro país, aquellos italianos que
vinieron al comienzo, a partir de 1830, eran campesinos y peones, los
hubo artistas e industriales, innegablemente laboriosos constituyeron
los fundamentos o bases de instituciones prestigiosas como bancos,
hospitales, teatros, músicos y plásticos notables. Fueron los obreros
de nuestra riqueza y de nuestro progreso.
Gran
parte de la inmigración italiana, después de pasar por el
Hotel
de Inmigrantes
se
afincó en la Boca, sobre todo la que provenía de Génova.
Hacen
del lugar una provincia “xeneixe”, conformada por obreros que
adhirieron a Bartolomé Mitre.
En
la Boca descargaban los barcos; trabajaban en los astilleros, promovían
las industrias y poblaron el pantano con sus casas sobre estacas.
Muy
atrás ha quedado el barrio agenovesado y la jerga que se escuchaba en la
Vuelta de Rocha. Ya no existen las logias de carbonarios. Todo
se lo ha llevado la leyenda.
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